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Los vampiros de Chicago y su mejor discípulo: una defensa a la universidad pública


Por: Melina A. Olivera y Maximiliano F. Parente.


 Dos hermanos en el siglo XV querían estudiar arte, pero su padre no podía pagarlo. Lanzaron una moneda para decidir quién estudiaría, mientras el perdedor trabajaría en las minas para pagarlo. Albert perdió y trabajó 4 años para que Albrecht pudiera estudiar en la Academia. Albrecht se volvió famoso, pero cuando regresó, las manos de Albert estaban dañadas por el trabajo en las minas. Albrecht pintó "Manos que oran" en homenaje al sacrificio de su hermano.









En el marco de la segunda Marcha Federal Universitaria realizada durante la gestión del actual gobierno nacional, creemos necesario profundizar en las razones por las cuales se debe estar a favor del reclamo por mayores recursos destinados al sostenimiento de nuestras universidades públicas.

En el año 1949, el presidente Juan Domingo Perón, a través del Decreto 29.337, eliminó los aranceles universitarios. El General definió dicha gratuidad como “la conquista más grande”, fue un punto de inflexión en nuestro país que permitió que la universidad se llenara de los hijos de los obreros, donde antes solamente la pisaba lo que él definía como el oligarca.

Tomando parte de su legado histórico, CFK en el año 2013 presentó el Plan Quinquenal de Formación Docente. En ese contexto, se refirió al valor de la educación pública como el “gran nivelador”, e hizo referencia a que “por acá cerca”, se escuchaba que estudiantes universitarios decían que iban a tener que hipotecar sus vidas para obtener un título. El “por acá cerca” hacía alusión a Chile.

Si seguimos ese señalamiento, se puede trazar un recorrido histórico con la última dictadura militar de nuestro país vecino, para así encontrar raíces profundamente ideológicas arraigadas en la lógica del gobierno de Milei.


El Shock como herramienta para desorientar

Antes del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, en Chile contaban con ocho universidades, dos de ellas eran de pertenencia estatal, las cuales entregaban educación pública gratuita, abarcando 2/3 del total de los alumnos universitarios a nivel nacional. Con el derrocamiento de Salvador Allende, y el ascenso al poder de Augusto Pinochet, esa realidad cambió. El 28 de septiembre de ese mismo año, el gobierno militar intervino la educación superior con el propósito de reorganizar aquellas ocho universidades. El ministro de Educación Superior de ese momento, Hugo Castro Jiménez, justificó dicha medida en razón de que, en sus propias palabras, las universidades “se convirtieron en centros de adoctrinamiento y propaganda marxista, amparando la violencia y el armamentismo ilegal”.

Entre 1973 y 1981, la Dictadura Militar Chilena realizó una variación en el Presupuesto Fiscal asignado a cada universidad. La Universidad de Chile, la más antigua en la historia del país, tuvo una disminución de 18,6% de su presupuesto total, y en la Universidad Técnica del Estado sucedió lo mismo en un 12,9%. Por otro lado, las casas de estudio privadas vieron aumentado su presupuesto, en el caso de la Universidad Católica con 89,6%, la Universidad Austral con 34,9% y la Universidad del Norte con 22,2%, a su vez, la Universidad Católica de Valparaíso aumentó 3,4%, como así también la Universidad Técnica Federico Santa María en un 2,6%.

El desfinanciamiento universitario se llevó adelante bajo las consignas de un grupo de economistas chilenos, los “Chicago Boys”, que en su mayoría estaban formados en posgrados de la Universidad de Chicago (y titulados en la Pontificia Universidad Católica de Chile). En función de las ideas de Milton Friedman, fueron los artífices de las reformas para la creación de una política económica neoliberal de mercado con orientación neoclásica y monetarista, caracterizada principalmente por drásticas reducciones del gasto público y de la oferta monetaria.

El gobierno de Pinochet fue analizado muchos años después por Naomi Klein, en su libro “La doctrina del shock: el auge del capitalismo del desastre”. En aquel, ella encontró similitudes en “las ideologías peligrosas que ansían esa tabla rasa imposible, que sólo puede alcanzarse mediante algún tipo de cataclismo. Estos ataques organizados contra las instituciones y bienes públicos, siempre después de acontecimientos de carácter catastrófico, declarándolos al mismo tiempo atractivas oportunidades de mercado, reciben un nombre en este libro: capitalismo del desastre”. A su vez, agregaba que “esta ansia por los poderes casi divinos de una creación total explica precisamente la razón por la que los ideólogos del libre mercado se sienten tan atraídos por las crisis y las catástrofes. Los creyentes de la doctrina del shock están convencidos de que solamente una gran ruptura —como una inundación, una guerra o un ataque terrorista— puede generar el tipo de tapiz en blanco, limpio y amplio que ansían”.

El escenario planteado por el gobierno de Milei en el que había una hiperinflación futura, que aseguran haber evitado gracias a las medidas que tomaron al inicio de la gestión, sigue dicha lógica. Aprovechando la hipotética crisis que instala, impulsa sus reformas impopulares contra una sociedad que tiene su capacidad de reacción alterada, debido a un padecimiento prolongado de estancamiento económico y una pandemia mundial reciente.


El Conde Caputo y su sed de recursos

Conforme los lineamientos de sus pares chilenos, la gestión del ministro de Economía Luis Caputo reduce los fondos girados a las universidades, amparándose en un superávit fiscal que, según afirma, se vería afectado si se aumentaran las partidas presupuestarias a la educación superior. En esta línea, el presidente Milei vetó la Ley de Financiamiento Universitario aprobada por el Congreso de la Nación, y actualmente se encuentra negociando con los legisladores para conseguir las voluntades necesarias que le permitan mantener el veto. En los últimos días, Caputo hasta llegó a declarar que el Gobierno acudirá a la Justicia en el caso de que logren revertirlo.

De lo que va del año, se observa que las transferencias a las universidades nacionales se redujeron en un 34% en términos reales, al comparar el acumulado de enero – agosto del 2023 y 2024.

De acuerdo con los datos publicados por la Federación Nacional de Docentes Universitarios (Conadu), al contrastar la pauta salarial de un docente universitario con la inflación publicada por el INDEC, desde noviembre de 2023 (antes de la inflación del 25,5% registrada en diciembre) hasta agosto del 2024, la caída del poder de compra fue del 23,71%.

La norma resistida por la gestión libertaria implicaría para este año un costo fiscal de 0,14% del PBI, equivalente a $738.595 millones, según un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso. Es un porcentaje similar a lo que el Gobierno dejó de percibir por bajar el impuesto a bienes personales, medida que benefició a los sectores sociales de altos recursos. Además, hay que mencionar que el impacto del aumento presupuestario sería tan reducido que, bajo la mirada de cualquier análisis serio basado en datos y evidencia, no implicaría poner en riesgo el tan reiterado superávit fiscal.

A casi 75 años de ese 22 de noviembre que permitió a miles de jóvenes acceder a la educación superior y los igualó en términos de oportunidades, permitiendo el ascenso social de los sectores obreros, vemos a un gobierno nacional que replica las dinámicas de los momentos contemporáneos más oscuros de nuestra región.

En este sentido, el Conde Caputo solamente se refleja en el espejo de sus maestros. Siguiendo sus enseñanzas, drena los salarios de los docentes y no docentes de las universidades, y pretende que sus víctimas callen mientras deja anémico al gran nivelador de nuestro país.


Melina A. Olivera, Contadora Pública Nacional,

Maximiliano F. Parente, Abogado y estudiante de la Lic. en Economía,

7 de octubre de 2024.




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