El eje del debate cuando hablamos de políticas
sociales gira en torno de la gran pregunta, ¿focalizadas o Universales?, de
cobertura total o segmentada, decisiones que tienen estrecha relación con
modelos de gobierno, progresistas o de carácter liberal.
El individualismo y la meritocracia, términos
que identifican el panorama actual argentino, avanzan sobre la
descomunitarización, y el mercado pasa a ser el ámbito que ordena y soluciona
automáticamente las desigualdades. En este contexto el gobierno nacional, deja
de lado el enfoque de derechos y asiste con políticas más focalizadas.
Titmuss (1981), nos habla de tres modelos, el
modelo residual de política social de bienestar, donde las necesidades del
individuo las satisface el mercado o la familia, asignando un rol subsidiario
al estado. Avanza en economías de mercado, en forma de caridad y de control
social, asistencialista que ayuda únicamente a los más pobres.
El modelo basado en el logro personal, en el
cual se recompensa el esfuerzo y los resultados productivos, que genera
lealtades de clase o grupo.
Por último, el modelo Institucional
Distributivo. En este modelo la institución del bienestar social es muy
importante y reconoce el principio de solidaridad, con un efecto
multidimensional en el desarrollo de la comunidad.
En un híbrido entre el Distributivo y el
Meritócrata, Argentina amplió su sistema de derechos con la Cobertura de
Asignaciones familiares, en el período 2009 y 2012, que pueden sostenerse a
medida que el modelo económico vaya consiguiendo buenos resultados, de
crecimiento, de inclusión y de aumento del empleo.
Según Solimano (2005), para abordar el desarrollo basado en derechos en América Latina, además de resolver la generación de recursos con el sistema tributario, para sostener la reforma del sistema de derechos, se deben crear instituciones sociales para esos fines, reforzar la rendición pública de cuentas, que conecta a los beneficiarios con quienes formulan las políticas y con las instituciones encargadas de aplicarlas y establecer un nivel mínimo de bienestar, incorporar a la clase media como beneficiaria, hacer incapié en el potencial de los pobres para poseer y acumular activos y crear y fortalecer mecanismos de participación social.
La mayor crítica a las políticas focalizadas es
que, para identificar eficientemente a la población objetivo, es preciso contar
con una gran cantidad de información. Por ejemplo, llegar a los “muy pobres” no
es tarea fácil, delimitar los parámetros socioeconómicos y encontrarlos físicamente
es complejo, por la falta de capacidades administrativas para localizar a los
marginados, que a menudo se encuentran en áreas rurales y barrios marginales en
el sector urbano y muchas veces no están en las bases de datos estatales.
Al negar beneficios a individuos cuyos ingresos superan apenas el monto máximo fijado para identificar a los “muy pobres” se crear conflictos, una comprensible frustración, e incluso resentimiento, en la población excluida y coloca a los beneficiados como víctimas del sistema y no como ciudadanos con derechos.
En Argentina, en a partir del año 2009, se
universalizó el cobro de Asignaciones familiares, con la creación de la AUH y
la AUE, pero además se amplió el régimen de las AAFF para los empleados
formalizados, régimen doméstico y monotributistas.
Los detractores argumentan la falta de mérito
de los trabajadores informales, pero en el fondo parece haber un argumento
clasista, según Dubet (2015), ante los procesos de universalización suelen
emerger resistencias sociales, inicialmente como reacciones “de sectores
medios” que encarnaban lo que comenzó a denominarse “hartazgo fiscal”: la
negación a pagar por quienes presuntamente no lo merecen, ya que así lo dicta
la sospecha meritocrática.
El tema radica en el status, que el proyecto político, le asigne a la redefinición del sistema universalista, ya que son políticas que todos recomiendan, pero que nadie quiere para sí, carecen de sustancia sociopolítica, ya que no hay sujetos que las demanden.
Para Mazzola (2012), la AUH y la AUE
constituyen un nuevo paradigma de protección ampliada de la infancia y lo
distingue del resto de los programas de transferencias condicionadas, por su
carácter universal, por su valor y actualización en el tiempo y las
corresponsabilidades que asumen las familias con respecto al fortalecimiento de
políticas de infancia, en salud y educación.
Según datos del MTEySS (2014), la cobertura del
Régimen de Asignaciones Familiares comprendía al 35% de las NNyA en 1997,
mientras que para 2010, la cobertura aumentó al 91.5%.
La corresponsabilidad de por parte de los
adultos a cargo de acreditar los controles de salud y educación, impactó
favorablemente en los indicadores sanitarios, bajando la tasa de mortalidad
infantil, de 13.3% en 2007 a 9.2% en 2019.
En cuanto a los indicadores educativos, la tasa de abandono interanual
para 2008-2009 era de 1.15, mientras que en 2018-2019, fue de 0.49.
La AUH y la AUE, se consolidaron como pilares
sobre los que se asentó un conjunto de programas asociados, que vinieron
después y que constituyen un círculo virtuoso de derechos para las infancias y
adolescencias.
Durante años, los cambios que se hicieron al
sistema de Asignaciones Familiares estuvieron orientados a mejorar el control
sobre las prestaciones, evitar la doble cobertura, corregir inequidades y
optimizar el sistema de pagos.
En 2012, con el Decreto 1667/2012, cuando se
crea el Ingreso Total Familiar, se avanzó en aportar mayor equidad y optimizar
los recursos, pero a la vez, generó resistencias de aquellos trabajadores que se
beneficiaban con el cobro y con la deducción en el impuesto a las Ganancias y
que, al reacomodar los topes de las remuneraciones, algunos grupos familiares
pasaron a un tramo de ingresos superior, por lo cual recibían un valor menor de
la prestación.
Además, se extendió la cobertura a los
monotributistas (Decreto 593/16), pero se condicionó al pago oportuno de la
obligación fiscal de la cuota del monotributo, restricción que fue eliminada en
2020.
En esta instancia podemos afirmar que todos los
trabajadores formales e informales, activos y pasivos, hoy tienen una cobertura
monetaria del Estado Nacional, por cada uno de sus hijos menores, sea por
transferencia directa o por deducción fiscal.
El aporte de la Seguridad Social a combatir la
pobreza, según la agenda ODS 2030 de Naciones Unidas, es mucha, garantizando un
piso mínimo sobre el cual puede desarrollarse una comunidad, pero que a la vez
debe sustentarse con crecimiento.
Desde la gestión de Javier Milei, el valor
monetario de la AUH dejó de coincidir con el valor de la Asignación Familiar
por hijo, doblando el primero el valor del segundo, constituyendo un claro
ejemplo de desigualdad y conduce al consentimiento por parte de los
trabajadores informales de prescindir de sus derechos laborales, a cambio de
conservar un ingreso mayor inmediato.
Situación que repercute directamente en la
recaudación, en el sostenimiento del sistema previsional, por estimular el
trabajo no regularizado.
Esta decisión política se argumenta en la
contención alimentaria obligada que debe hacerse a los sectores más pobres para
mantener la estabilidad social, en un contexto de caída de la actividad, del
consumo y del empleo.
La receta de una democracia estable y
fortalecida, es achicando las desigualdades sociales, con una clase media
sólida, con servicios públicos eficientes y para ello el estado tiene un rol
fundamental, ¿cuál?
Crear los vínculos entre las áreas del estado
para que intercambien información, evitando así congestión administrativa en
las oficinas del ANSES, de los centros de salud y de los establecimientos
educativos.
Hacer los convenios necesarios con las
Provincias con cajas no transferidas a la Nación para que adecuen los valores
de las Asignaciones Familiares, a los valores que establece el Estado Nacional.
Establecer mecanismos para los beneficiarios
sin adultos mayores a cargo, para que puedan administrar su propia asignación.
Crear políticas públicas sociales de carácter
universal y adaptar la burocracia estatal para que los trámites y procesos sean
fáciles y accesibles, teniendo en cuenta el acceso tecnológico y presencial,
según la realidad de cada provincia.
CPN Melina Olivera
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